Alan Francisco GaunaPsicólogo clínicoVolver a recursos

Pensamientos intrusivos: la trampa de querer resolverlos

Por qué intentar entender, controlar o eliminar un pensamiento puede dejarte más atrapado, y qué respuesta podés practicar en su lugar.

Un pensamiento incómodo puede durar apenas unos segundos. Sin embargo, la ansiedad que activa puede quedarse mucho más tiempo. Cuando eso pasa, es fácil concluir que el pensamiento debe ser importante y que necesitamos resolverlo para calmarnos. Ahí suele empezar la trampa.

Cuando un pensamiento se vuelve una emergencia

Un pensamiento intrusivo puede aparecer como una frase, una imagen, una duda, un recuerdo o una posibilidad futura. A veces se relaciona con algo que nos preocupa; otras veces parece no tener demasiado sentido. Aparece de golpe y, junto con él, el cuerpo se activa.

Puede sentirse como ansiedad, tensión, angustia, inquietud o una urgencia por hacer algo. El pensamiento quizá duró unos segundos, pero la emoción sigue. Entonces la mente interpreta esa activación como una señal: si esto me genera tanta ansiedad, debe significar algo; si todavía me siento mal, todavía no lo resolví.

El problema no es que aparezca un pensamiento intrusivo. El problema empieza cuando lo convertimos en una emergencia mental.

La rumiación empieza como un intento de calmarse

La rumiación no suele empezar porque una persona quiera sufrir. Empieza porque quiere encontrar una respuesta, cerrar el tema y sentir alivio. En un estado de ansiedad, pensar da la sensación de que estamos haciendo algo.

Aparecen preguntas como: ¿por qué pensé esto?, ¿y si significa algo?, ¿y si no puedo controlarlo?, ¿y si necesito resolverlo ahora? Durante un rato parece lógico seguir buscando una respuesta.

Pero muchas veces no estamos resolviendo el problema. Estamos dándole más atención al pensamiento, tratándolo como una amenaza y enseñándole al cerebro que debe ser revisado cada vez que aparece.

Pensamiento y emoción no son lo mismo

El pensamiento es una experiencia mental: una frase, una imagen, una duda o una posibilidad. La emoción es lo que ocurre en el cuerpo: ansiedad, miedo, tensión, incomodidad o urgencia.

Con frecuencia confundimos ambas cosas. Como siento ansiedad, creo que el pensamiento es peligroso. Como mi cuerpo está activado, creo que hay algo que resolver. Como la emoción no baja, sigo pensando.

Que un pensamiento active una emoción no demuestra que sea importante ni que represente una amenaza real. A veces apareció una experiencia interna incómoda y la tarea no es resolverla, sino atravesarla.

No picar el anzuelo

En ese momento, la mente va a pedir más análisis, certeza, comprobaciones y control. La alternativa no consiste en discutir con el pensamiento, demostrar que es falso o intentar sacarse la emoción de encima a la fuerza.

Podés reconocer lo que está ocurriendo con frases simples: estoy teniendo este pensamiento; mi cuerpo está activado; apareció ansiedad; tengo ganas de resolver esto, pero no necesito hacerlo ahora.

Después, volvés a una acción concreta: la conversación que estabas teniendo, una caminata, el entrenamiento, el trabajo o cualquier actividad que forme parte de tu día.

No volvés a tu vida porque la emoción ya se fue. Volvés mientras la emoción todavía está ahí.

La emoción puede estar sin mandarte

La ansiedad puede tardar cinco minutos, veinte minutos o una hora en bajar. No hay un tiempo exacto. Chequear a cada rato si ya se fue también puede convertirse en otra forma de control.

La idea no es aceptar la emoción para que desaparezca rápido. Es aprender que puede estar presente sin decidir por vos. La ansiedad puede estar y, aun así, podés seguir caminando. El pensamiento puede estar y, aun así, podés continuar con tu día.

No necesitás resolver cada pensamiento para poder seguir viviendo.

Pensar para actuar o pensar para calmarse

Pensar resulta útil cuando organiza una decisión, una tarea o un problema concreto. En esos casos, el pensamiento tiene una dirección y termina en una acción.

Cuando pensamos para apagar una emoción, el proceso suele convertirse en vueltas. Aumentan la duda, la sensación de amenaza y la necesidad de una certeza que nunca parece suficiente.

Por eso, una pregunta útil no siempre es cómo resuelvo esto. También podés preguntarte qué estás haciendo con ese pensamiento: ¿lo estás observando o alimentando?, ¿estás pensando para actuar o para sacarte una emoción de encima?

Qué hacer cuando aparece un pensamiento intrusivo

No existe una fórmula que elimine todos los pensamientos incómodos. Estos cinco pasos pueden ayudarte a cambiar la respuesta que practicás cuando aparecen.

  1. Notá el pensamiento sin pelearte con él ni intentar borrarlo.
  2. Reconocé la emoción y la activación que aparecen en el cuerpo.
  3. Separá ambas experiencias: que el pensamiento y la emoción estén juntos no significa que exista una emergencia.
  4. Evitá alimentar el proceso con revisiones, análisis, comprobaciones o búsquedas interminables de certeza.
  5. Volvé a una acción concreta de tu vida, aunque todavía exista incomodidad.

La salida se entrena

Esto no sale perfecto. Es probable que vuelvas a engancharte y a intentar resolver. El progreso suele consistir en darte cuenta un poco antes y pasar menos tiempo dentro de la rumiación.

Cada vez que no alimentás el proceso, tu cuerpo aprende algo distinto: el pensamiento puede estar sin que tengas que resolverlo, la emoción puede subir y bajar sin que la controles todo el tiempo y no necesitás una certeza absoluta para continuar.

Con el tiempo, el pensamiento pierde poder. No necesariamente porque desaparezca para siempre, sino porque deja de funcionar como una amenaza.

Muchas veces la salida no es pensar mejor. Es dejar de usar el pensamiento como una forma de escapar de la emoción.

Si aparece esa urgencia de meterte en la cabeza y resolverlo todo, probá reconocer el pensamiento, notar la emoción y volver de a poco a lo que estabas haciendo. No porque ya estés tranquilo, sino para enseñarle a tu mente y a tu cuerpo que no necesitás resolver cada pensamiento para poder vivir.